Hace cientos de miles de años, en una lejana galaxia. En un gran planeta de cielo violeta, en la playa de arena gris de un mar púrpura, dos seres extraterrestres, que se asemejan a avestruces con un mechón de pelo fucsia en la cabeza. Observan, tocándose uno a otro las puntas de sus ¿alas?, las extrañas volutas granates en la superficie de un inmenso sol rojizo que asoma en tres cuartas partes sobre el horizonte.
Las criaturas se agitan. La luz se extingue. El sol parece apagarse por momentos. La oscuridad es casi total, salvo por un ominoso resplandor rojo. Enroscan sus cuellos en un gesto extraño, triste y hermoso a la vez. Utilizan sus alas para protegerse mutuamente.
De repente vuelve la luz, con una intensidad colosal. La atmósfera parece inflamarse. Una vibración grave parece reverberar desde el propio planeta.
De repente no se puede ver nada, la luz lo invade todo. Todo comienza a arder. Y entonces, en un parpadeo, ya nada existe. Las avestruces alienígenas, la arena, el mar, todo el planeta, son ahora un frente de partículas subatómicas expandiéndose por el universo como una ola del mar que ya no es.
Su estrella ha estallado.
Cientos de miles de años más tarde, bastante más cerca. Estoy sentado en mi mesa en la oficina, y uno de los neutrinos procedentes de la explosión de aquella estrella, tiene a bien ir a intersectar con mi posición en el espacio.
Entra por todo lo que viene a ser la coronilla. Esquiva el pelo, la piel, el hueso, esquiva la meninge. En lo que vendría a ser mi materia gris, pierde su buena suerte, y choca con uno de los electrones de uno de los átomos de una de las neuronas de mi otrora común encéfalo.
Continúa por la espina dorsal, armando jaleo en su descenso y terminando por sacarme del agradable sopor en el que estaba sumido. Termina saliendo un poco más abajo, acompañado de una leve emanación de gases y de un fétido aunque inconspicuo olor.
A partir de aquí, el neutrino ya no tiene nada que ver conmigo, y por lo tanto pierde toda importancia, así que volvamos a esa colisión en el cerebro.
Este choque hace que ese electrón salte de su sitio a otro orbital, a otro átomo que pasaba por allí, o vaya usted a saber. Esto provoca una pequeña diferencia de potenciales, que desencadena un pequeño impulso eléctrico, que estimula alguna neurona para que saque a los neurotransmisores a pasear.
OMFG. Ha nacido una idea.

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