George R. Stewart – La tierra permanece

Un devastador y desconocido virus asola la civilización; inexplicablemente, Isherwood Williams sobrevive a la plaga. A la deriva, ha de afrontar un mundo sin humanidad, de paisajes degradados y hordas de insectos y roedores. Finalmente, dará con una superviviente, con la que fundará una nueva sociedad semejante a la de los antiguos nativos norteamericanos. Único testigo del pasado, Ish nos recuerda que “los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece”.
Repleta de lirismo y pionera en la defensa ecológica, esta hermosa meditación sobre el pasado, la naturaleza y la inexorabilidad del cambio está considerada una de las mejores obras maestras de la ficción especulativa de todos los tiempos.

Escrita en 1949, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.

El protagonista es el típico nerd americano de la época, un tío un poco rarito y solitario, cultivado, inteligente, serio y con un elevado sentido de la moral y la responsabilidad. Demasiado bueno para lo que era el mundo antes de que este se venga abajo, y demasiado bueno para muchos de los restos que quedan de el.

El libro comienza con una crítica a todo lo que el autor-protagonista-a-saber-quien, desprecia de la sociedad: el vicio, la incultura, el conformismo… todo ello desde una corrección política tan extrema que le da un aire un poco extraño para la época en la que vivimos ahora.

La segunda parte es una crónica del nacimiento y desarrollo de una pequeña comunidad de supervivientes que entran en el baremo del protagonista, y que siempre quedan bajo su liderazgo. Cómo se van enfrentando a los cambios y a su propio crecimiento: los nacimientos, las muertes, el fin de las leyes, el establecimiento de nuevas normas sociales…

Las páginas finales son una reflexión sobre todos los cambios que llevó a cabo en la manera de vivir de el y su ‘tribu’ y las consecuencias que estos provocaron. El protagonista alcanza su destino convertido casi en un dios totémico para todos los que son, de un modo u otro, sus descendientes.

Resulta refrescante la inocencia tan propia de la época. Los personajes del libro se pasan 20 años viviendo de alimentos en conserva, ‘viviendo de la carroña de la vieja civilización’, recuperada de los supermercados de la ciudad, que sin duda alguna, debían ser inmensos. No hay electricidad, pero sin embargo los grifos siguen dando agua. Apenas mueren, apenas enferman. Continuan viviendo en un tranquilo suburbio de una gran ciudad, sin tener prácticamente problemas con ‘vecinos desagradables’.

Se le nota un poco que está escrito entre siesta y siesta del sueño americano, pero no deja de ser una gran lectura si te gustan este tipo de libros. Recomendado.