Hace cientos de miles de años, en una lejana galaxia. En un gran planeta de cielo violeta, en la playa de arena gris de un mar púrpura, dos seres extraterrestres, que se asemejan a avestruces con un mechón de pelo fucsia en la cabeza. Observan, tocándose uno a otro las puntas de sus ¿alas?, las extrañas volutas granates en la superficie de un inmenso sol rojizo que asoma en tres cuartas partes sobre el horizonte.
Las criaturas se agitan. La luz se extingue. El sol parece apagarse por momentos. La oscuridad es casi total, salvo por un ominoso resplandor rojo. Enroscan sus cuellos en un gesto extraño, triste y hermoso a la vez. Utilizan sus alas para protegerse mutuamente.
De repente vuelve la luz, con una intensidad colosal. La atmósfera parece inflamarse. Una vibración grave parece reverberar desde el propio planeta.
De repente no se puede ver nada, la luz lo invade todo. Todo comienza a arder. Y entonces, en un parpadeo, ya nada existe. Las avestruces alienígenas, la arena, el mar, todo el planeta, son ahora un frente de partículas subatómicas expandiéndose por el universo como una ola del mar que ya no es.
Su estrella ha estallado.